El reconocimiento oportuno de un infarto agudo de miocardio es determinante para reducir el daño al músculo cardíaco y aumentar las probabilidades de supervivencia. El síntoma clásico es el dolor u opresión en el centro del pecho que persiste por varios minutos, aunque esta molestia frecuentemente se irradia hacia el brazo izquierdo, la espalda, el cuello, la mandíbula o la zona superior del abdomen. De igual forma, es común que la persona presente dificultad para respirar, sudoración fría, mareos repentinos, náuseas o vómitos. Cabe destacar que las mujeres, los adultos mayores y las personas con diabetes suelen experimentar presentaciones atípicas, caracterizadas por fatiga extrema, falta de aire o malestar estomacal sin la presencia del dolor torácico intenso habitual.
Ante la sospecha de que alguien está sufriendo un infarto, la primera acción debe ser llamar de inmediato a los servicios de emergencias médicas para solicitar una ambulancia, evitando en lo posible trasladar a la persona por medios propios. Mientras llega el auxilio profesional, es fundamental mantener al paciente en reposo absoluto, sentado o semisentado, y aflojar cualquier prenda ajustada para facilitarle la respiración. Si la persona está consciente y no tiene alergias ni contraindicaciones médicas conocidas, se le puede indicar que mastique y trague una aspirina (entre 160 mg y 325 mg) para frenar la formación de coágulos. En caso de que la víctima pierda el conocimiento o deje de respirar, se deben iniciar de inmediato las maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) mediante compresiones torácicas continuas y utilizar un Desfibrilador Externo Automático (DEA) si se cuenta con uno en el lugar.
La prevención de las enfermedades cardiovasculares requiere la adopción de un estilo de vida saludable y el control sistemático de los factores de riesgo metabólicos. Es indispensable mantener una dieta equilibrada rica en vegetales, frutas, granos integrales y grasas saludables, reduciendo el consumo de sodio, azúcares refinados y grasas saturadas. A esto se debe sumar la práctica regular de actividad física aeróbica, la eliminación total del consumo de tabaco y una adecuada gestión del estrés. Asimismo, resulta vital acudir a revisiones médicas periódicas para monitorear y mantener en rangos óptimos la presión arterial, los niveles de colesterol y la glucemia.